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La edad mata. Cuando eres niño, no puedes esperar a ser grande, juegas a todo lo que implique crecer, manejando autos, siendo aventurero, banquero, doctor.
Cuando llegas a la adolescencia, ves a los niños con una condescendencia horrible, a sabiendas que apenas estás dejando de ser uno. Como si disfrutar las cosas te mandara de regreso a los cinco años.
Llegados los veintes, uno vuelve a una infancia tardía. El tiempo en la universidad es como ir en la primaria otra vez. Nuevos amigos, nuevas reglas, muchas más herramientas de diversión.
Y ahora, ya de salida de esta década, siento una melancolía abrumadora por mi infancia, por la infancia en general. Tal vez el sentimiento sea el portal a tener un hijo propio y recordar mis juegos a través de otros ojos, ojos nuevos, ojos que no puedan esperar a ser grandes.
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