
anular.
(De nulo).
1. Dar por nulo o dejar sin fuerza una disposición, un contrato, etc.
2. Incapacitar, desautorizar a alguien.
3. Retraerse, humillarse o postergarse.
Por la red comienza a propagarse un lema: “En estas elecciones, yo anularé mi voto”.
Según sus seguidores, ésta es la respuesta a un sistema político corrupto y falto de credibilidad, la mejor opción ante una elección difícil de tomar.
En México ya nadie duda que la política está podrida y necesita un cambio radical. Lo que sigue nebuloso es la noción de que es la ciudadanía la que debe provocar ese cambio y no las cúpulas partidistas.
Hay dos opciones para este cambio: la primera es salir a las calles y enfrentarnos con el gobierno cara a cara, manifestándonos con el conocimiento de que eso puede resultar en un conflicto violento. Eso que en el siglo XX se llamaba una Revolución y que hoy en día nadie está dispuesto a afrontar.
La segunda vía es votar. Y por votar quiero decir marcar una casilla y elegir una opción real en la boleta electoral. Todas las demás opciones, sea anular el voto o escribir tu candidato personalísimo en el espacio en blanco equivalen, finalmente, a no votar, a no opinar, a no existir.
Anular un voto es una opción que nadie ha reflexionado bajo la ceguera de la revolución adolescentoide. Es ver las cosas en blanco y negro, sin paciencia o interés y tomar la vía fácil. Es una muestra contundente de ignorancia en el sistema democrático. Quien anula un voto ignora que no existe en ninguna institución, partido o secretaría una persona que se dedique a contar y catalogar los votos anulados para luego hacer una extensa investigación cualitativa. En ninguna sala de juntas se han expuesto jamás las siguientes palabras: “Terminado el computo electoral, hemos descubierto que un 2% de la población anuló su voto, algunas veces tachando dos casillas, otras veces pintando un pito al centro y otras nominando a Tu Mamá como presidenta. ¡El pueblo exige un cambio, debemos hacer algo!”.
Lo que realmente ocurre es que los votos anulados se contabilizan y caso cerrado. No influyen en lo absoluto en los resultados electorales pues en nuestro sistema no es necesario ganar una elección por un porcentaje mínimo. Aquél que tenga un voto más que el contrincante, es elegido.
Estas elecciones próximas tienen otra variante: la representación proporcional. En castellano, esto significa que la proporción de votos que tenga un partido en todos los distritos electorales se verá reflejada en el número de asientos que el partido podrá ocupar en las Cámaras. Si un partido tiene más votos en las casillas, tiene más gente dentro de las cámaras, y por ende, mayor poder de proponer o frenar iniciativas, así evitando los famosos albazos o madruguetes de los partidos mayoritarios.
Anular un voto en las elecciones plurinominales equivale, entonces, a permitir que el PRD, el PAN y el PRI mantengan su capacidad de abuso frente a los partidos “alternativos”. Anular un voto es dejar que los demás decidan por ti, el peor hábito que puede tener el ciudadano de un país.
Votar por un partido, aunque no estés de acuerdo al cien por ciento con sus propuestas, fortalece el sistema democrático de una forma real y contundente. Cambia la distribución de las cámaras e influye en los acuerdos tomados, estabilizando y pluralizando la toma de decisiones.
Todos vivimos en esta sociedad y todos somos responsables de lo que ocurre en ella, aunque el sentimiento más inmediato sea “yo no quiero formar parte del cochinero”. Nuestra generación puede ser el parteaguas entre una sociedad pasiva y una participativa, gracias a la información a nuestro alcance.
Lo primero es comprender cómo funciona el sistema, para darle en la madre desde adentro. Si tú no estás dispuesto a ser proactivo en la política, entonces al menos hazte sentir públicamente. No te quedes callado y no te encierres en tu casa viendo como todo se desploma a tu alrededor.
Sal a la calle y cambia al mundo. Si no es para luchar, entonces al menos ve a votar, sin anularte, humillarte o incapacitarte a ti mismo.